
Llegan nuestros muertos. Afortunados aquellos que recuerdan a sus muertos a la hora de levantar el altar, ir a comprar aquellos antojos que los mataban en vida, buscar en el cajón de las fotos la mejor, hacer tamales en nombre de ellos, reitero, afortunados. Habemos otros, los que vivimos con nuestros muertos, estamos habitados por ellos, nos cunden, nos pandean, nos acechan en piensos cotidianos, y hasta nos contestan nuestras preguntas. Afortunados, desafortunados, no sé dónde habite la buena fortuna, ya estoy tan acostumbrada a vivir con mis fantasmas que creo que desaparecerlos de mi vida sería como enterrarlos de nuevo. Nuestra cultura mientras se ríe de la muerte, le teme tanto, que sus hijos mexicanos, nosotros, no sabemos como enfrentarla. Simplemente, no estamos preparados para decir adiós. Los católicos alegan que sí, que aquellos que se van, mejor vida llevarán, pero lo mismo, mientras este es su discurso del lado derecho, del lado izquierdo, ve uno la tragedia que es la muerte de un ser amado en las familias católicas, y vamos todos a acompañarnos, y no sabemos qué decir, sacamos de nosotros mismos, esa parte salvaje y libre de protocolo, nos alineamos en fila para abrazar al que pierde. Aceptar la pérdida es de héroes, los que no somos nada cercano a las cabezas guindadas de la alhóndiga de Granaditas, vivimos con nuestros fantasmas a manera de no poder despedir a quien se va. Yo, no pasa una semana en la que no haga algo de que hacía mi abuela (La Mami), ya sea pollo almendrado, budín, o costilla en adobo, o bien poner sábanas limpias para recibir a un sobrino, algo. A mi madre, se podría decir que ni siquiera la conocí, y sin embargo, es uno de los fantasmas que me habita, me habla, me dice, me llama, me reprende, me motiva, y es que no hay modo de vivir sin madre, aquellos que lo único que quieren es liberarse de ella, será porque tienen de más, pero como yo no tuve nunca, me apeé de mi fantasma maternal. Mi hermana hace unos días, cuando mi madre cumplió nada más que cuarenta años de muerta, escribió un artículo en el que fantaseaba sobre lo que sería explicarle el mundo a mi madre, de regresar a estas alturas, y mientras leía el artículo, supe siempre que Pablo mi hermano, y yo, estaríamos bajo su brazo mientras el resto tratarían de charlar. No necesito ni que me la presenten, me ha habitado desde que se lo permití. En estos días, nuestros muertos llegan a la memoria, se llenan los cementerios, se cunden de flores, los altares muestran fotos, unas añejas, otras tristemente, más recientes, pero hay que saber que los muertos no mueren hasta ser olvidados. Mi madre, enterrada hace ya cuarenta años, más viva que nunca. No temo más ser habitada por mis ausencias, cada que extraño, permito se convierta en una nueva vivencia, y recuerdo con mucha alegría a los que no deambulan por el triste mundo de los vivos. Vivita y coleando, La Pior



